Echo la vista atrás y ahora veo lo evidente que era hacia dónde se dirigía mi embarazo. Una gestación totalmente controlada, registrada y medicalizada. Estaba aterrada, me sentía enferma y el ginecólogo que elegí reforzaba esa imagen del embarazo como una enfermedad... ecografías constantes, una importancia exagerada al mínimo dolor, amenazas cada vez que parecía que algo podía ir mal (reposo absoluto o la matarás), dolor físico, dolor emocional, infantilización.
Hasta el cuarto o quinto mes estaba totalmente desconectada de la parte animal del embarazo, sumida en mi mundo de revistas para embarazadas. Sólo pensaba en accesorios de puericultura, muebles, ropa y estupideces varias. Cada cosita que compraba parecía situarme un poco más cerca de mi bebé, como si realmente hiciese algo por ella. Y justo lo que debería haber hecho, que es preparar mi parto debidamente, no lo hice.
A partir del 5º mes se me giró la cabeza completamente, fue como tirarme a la piscina. Me sentía animal, me sentía capaz de todo, me moría de ganas de parir y amamantar, de abrazar a mi hija y no dejarla ir. Las contracciones llegaron antes de tiempo, y dolían... vaya si dolían. Algo estiraba de lo más hondo de mi cuerpo, no era capaz de moverme, sólo podía quedarme quieta y esperar a que pasara. El médico volvía con sus amenazas: te pondrás de parto, tu hija morirá si nace ahora, sólo pesa medio kilo, en este hospital no puedes parir tan pronto. Quédate en tu casa y no te muevas en 13 semanas.
Y el animal poderoso se convirtió en animalito asustado... no podía moverme, me sentía vigilada, nadie confiaba en mi capacidad para llevar a mi hija a término. Mi madre intentó evitar que comprase la cuna porque si moría luego me daría pena verla. Mi suegra me transmitió su preocupación porque al no estar casados, si yo moría en el parto quizá no tuviesen ellos la custodia. Un amigo me dejó claro que eso a él no le hubiera pasado, yo me lo busqué. Y Dani tenía tanto miedo como yo, veía cómo me miraba impotente sin saber muy bien cómo ayudarme. Me sentía incomprendida, presionada, aterrorizada. Me pasaba el día totalmente sola en mi casa, tumbada en el sofá muerta de asco y pena. Sólo quería terminar y me preguntaba, llena de culpa, qué pasaría si abandonaba el reposo y nacía antes... buscaba casos de bebés nacidos en la semana en la que yo me encontrase, pero sabía que no lo iba a hacer realmente, no hubiera sido capaz. De alguna manera imaginarlo parecía liberarme un poco.
Al cabo de las dichosas 13 semanas ya no era yo. Me leo y me descubro enajenada, enloquecida, aislada de mis amigos. Sólo una amiga seguía llamándome y yo se lo agradecía hablándole fatal. Supongo que le decía a ella lo que les hubiese dicho a los demás.
Abandoné el reposo en la semana 37. Después de tres meses con la amenaza me sentía como si llevara siglos pasada de cuentas. Había perdido totalmente mis principios y prioridades, necesitaba parir ya. Quería terminar ya, cada visita esperaba que me dijera que el proceso estaba ya cerca, y de repente después de tanto tiempo en la cuerda floja empezó a decirme en cada visita que estaba muy verde. En aquel entonces no vi lo obvio del engaño.
Una semana y pocos días después, regalé a un hijo de puta el nacimiento de mi hija.
Y hasta aqui puedo contar (me).
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