diumenge, 13 de setembre del 2009

De bebé a niño...

Guardando la ropa que se le ha quedado pequeña es cuando más conciencia tomo de quiñen fue y quién es ahora. Cada prenda que guardo me devuelve el recuerdo de todas las cosas que hemos vivido juntas, y meterlas en una caja es como enterrar una pequeña parte de nuestro primer año. Iba a escribir sobre lo mucho que ha cambiado pero me doy cuenta de que en esencia es la misma. Su espíritu exigente, su energía inagotable y su voluntad inamovible siguen ahí, aunque ahora tiene un montón de herramientas para expresar todo eso que siente. Me encanta que sepa tan bien lo que quiera y que ni siquiera las horas con mis padres le hayan hecho dejar de creer que merece aquello que desee en cada momento, que sus necesidades son legítimas y que vale la pena gritar cuando algo no le guste. Si puede mantener esa convicción hasta su etapa adulta seré la persona más feliz sobre la tierra.
Lo que sí cambia y se reinventa son los retos que afrontamos. El primer año es el del choque brutal, el enamoramiento, la adaptación, el descubrimiento del yo animal y el instinto mamífero. El apego indestructible es la base perfecta y omnipotente que más tarde es el punto de apoyo para todo lo que viene después, los cimientos de toda la experiencia vital junto a un hijo y las batallas que ello comporta.
Nosotros hemos elegido pelearnos contra lo que nos intente domar, en lugar de pelearnos con ella. Al fin y al cabo es el miembro más puro e incorrupto de nuestra familia, y me parece más lógico aprender de su forma de entender la vida libre de prejuicios y normas que contaminarla con nuestros complejos e injusticias asumidas.
Y ahora se presenta una etapa aún más dura... siento que el sistema llama a filas a mi hija para que se integre en él, para que adopte las disciplinas que impone el capitalismo, aprenda lo que conviene que aprenda y sea la persona que necesitan que sea, que dome su temperamento y aprenda a esperar, obedecer, que reconozca su lugar al final de la cadena alimenticia social y especialmente aprenda a conformarse.
Mi trabajo, o mejor, mi obligación moral es enseñarle que no tiene ninguna necesidad de convertirse en otra persona, que no necesita agradar, que no necesita vivir según los dictados de nadie, absorver doctrinas morales ni renunciar a lo que le pida el corazón.
¿Cómo se llega a ese punto? ¿Cómo se proporciona a un hijo la confianza suficiente en sí mismo como para que nadie le doblegue? ¿Cómo se le anima a comportarse de forma respetuosa y sin pisar a nadie, y no permitir que nadie le pise?
La solución, en los próximos capítulos. :)

Una canción que nos viene al pelo...